La noche puede ser tierna y divertida…
Puede ser misteriosa…
Puede ser eterna…
Puede ser amor…
Anoche salí con mis amigas a una «reunión». Le aseguré a mi marido que regresaría a casa a las doce en punto. «Te lo prometo», le dije.
Pero la reunioncita estuvo muuuuuuy bien: copitas, bailecito, más copitas…y se me fue la hora. Resulta que llegué a casa a las tres la madrugada completamente borracha.
Justo al entrar en casa, el reloj cantó «cu-cú» tres veces. Al darme cuenta que mi marido se iba a despertar por el ruido, como pude grité «cu-cú» otras 9 veces más …
¡¡¡Me quedé tan ancha y satisfecha por haber tenido de pronto, aunque borracha, una idea tan buena para evitar una pelea con mi marido…!!!
Me acosté de lo más tranquila pensando en lo inteligente y lista que soy.
Por la mañana, durante el desayuno, mi marido me preguntó por la hora de mi llegada y le contesté que había vuelto a las doce en punto, tal y como le había prometido.
Él, de momento, no dijo nada ni me pareció desconfiado «¡Qué bien, estoy salvada!» -pensé yo..
Cuando terminó el café, me dijo: «Por cierto…debemos cambiar nuestro reloj cucú.» Le pregunté temerosa: «Y eso… ¿por qué, mi amor?»
— Es que anoche el reloj hizo «cu-cú» tres veces… Entonces, no sé cómo, gritó «¡Coño!’… Después, hizo ’cu-cú’ cuatro veces más… Vomitó en el pasillo… Repitió el «cu-cú» otras tres veces… Se retorció de la risa, y, una vez más, sonó el vez «cu-cú»… Luego, salió corriendo, pisó al gato, rompió la mesita de la esquina de la sala, se acostó a mi lado, dando el último «cu-cú», se tiró un pedo y se puso a roncar.
«…Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento…»
(Jaime Sabines, Los Amorosos)

Sin duda el amor es un concepto infinito e inagotable. Materia prima de los poetas, de los mejores pinceles y de grandiosos compositores, entre muchos otros que se ocupan de traducirlo a la comprensión humana. Es tan variado como la propia humanidad.
El primer amor que conocemos, es el materno. Ese que definirá, en lo sucesivo, nuestra capacidad de amar. Porque en el amor, hay que tener capacidad de generarlo, aceptarlo y, sobre todo, de darlo. Podría parecer fácil la cuestión, pero a través de novelas y grandes óperas, por ejemplo, damos fe de que el amor, como la belleza, son temas tan abstractos como complicados.
Los científicos han querido reducirlo a un mero proceso químico en el que un montón de hormonas yonquis enloquecen por determinada persona y/o situación. A la primera etapa del proceso le llaman “enamoramiento y/o pasión”, la cual, según ellos, tiene una vida corta, de no más de tres años. Luego, en consecuencia, vendría el cariño.
Bien ¿cuál es la diferencia? El estado de locura transitoria, responden.
Me estoy refriendo, por supuesto, al amor carnal entre dos personas. Esas que un día se miran, se rozan y se juntan, creyendo haber encontrado al amor de su vida.
Pero hay un montón de amores más: el amor fraterno; el amor absurdo; el amor platónico; el puro amor; el amor puro; el amor egoísta; el amor solidario; el amor perro y el perro amor; el amor a los semejantes; el amor ciego; el amor pagado; el mal amor; el amor prohibido; el primer amor; amor imposible; amor virtual… el amor … siempre, amor…
¿Puede alguien encontrarme alguien a quién amar?…
«Mi amor
No precisa fronteras
Como la primavera
No prefiere jardín…»
«…Quiero que me digas, amor
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar
era el verbo más bello
dímelo,
me va la vida en ello…»
«Ya no soy más que yo para siempre…»
(Idea Vilariño)
Mercedes llevaba unos días triste, sin poder encontrar una buena razón para asomar la nariz más allá de la puerta de casa. Al principio, culpó al mal clima: exceso de lluvias, frío y cielos grises. Pero el domingo había salido el sol y tampoco pudo sonreír. Entonces pensó que, quizá, la razón de su desasosiego estaría en su falta de actividad, así que se apuntó a un gimnasio. No es que se sintiera mejor, pero ahí fue donde comprendió la razón de su pesar.
El primer día, llegó vestida con un viejo pantalón deportivo que solía utilizar para estar en casa. Una camiseta cualquiera y unas zapatillas que de tan viejas y poco usadas, estaban nuevas. El monitor quiso saber cuál era su objetivo, a lo que ella respondió que no lo tenía claro: «Quizá mantenerme en forma, ya no seré Miss Musculitos». Así que la mandaron a la cinta caminadora por treinta minutos, para empezar.
Por la colocación de las maquinas, ella podía observar el resto del gimnasio. Distinguió dos grupos claramente: los de su quinta, en las caminadoras, bicicletas, escaladoras y, digamos, ejercicios de bajo impacto, específicos para quemar calorías y mantener el tiempo. Al otro lado, los jóvenes, los que si querían ser musculitos. Los que se preparaban para mostrar los resultados de su esfuerzo, en cuanto llegase el buen tiempo. Los que, sin miramientos, cargaban barras y pesos imposibles. Entre ellos, las jóvenes, las que endurecían sus glúteos; levantaban sus pechos y pegaban saltos al enloquecido ritmo del aeróbic.
Al ver los gastados cuerpos de sus compañeros de caminata, que sobrepasaban, la mayoría los sesenta años y ver los de los chicos, que no sobrepasaban los cuarenta, Mercedes cayó en cuenta de que su problema era, precisamente, ese.
Se recordó a la edad de doce años. Sus hermanos y sus primos eran más pequeños que ella y no la dejaban compartir sus juegos y secretos, porque ya era «muy mayor». Entonces se acercaba a la mesa de los adultos, que en cuanto notaban su presencia, la mandaban fuera, porque estaban hablando «cosas de mayores». Al final, cada domingo, terminaba sentada, sola, en el primer escalón que subía a ninguna parte. Quizá de ahí, le viniera su especial aversión al séptimo día de la semana.
Aquella época, que duró un par de años, fue terrible: no había sitio para ella. Se había convertido en una especie de estorbo para unos y para otros. Aprendió a ser invisible y se construyó un mundo paralelo, lleno de cajas de cartón convertidas en castillos. Quizá de ahí, salió arquitecta.
Pues bien, ahora, con cincuenta, sentía la misma cosa. Resultaba joven para sus colegas, aunque mayor y respetable para los aprendices. Para la jubilación o la tarjeta descuento de los museos, aún le faltaban años, aunque, si fuese el caso, sería demasiado mayor para pedir un nuevo empleo. Las ayudas que se otorgaban, eran destinadas para personas de hasta treinta años o para las mayores de sesenta y cinco: ella no encajaba en ninguno de los dos baremos. En un banco era considerada una persona de riesgo: demasiado mayor para garantizar el pago de una hipoteca, pero en la edad justa de quedarse sin trabajo. Y qué decir de los seguros de cualquier tipo: el razonamiento era el mismo. A menos, claro, que estuviese dispuesta a pagar el doble por cada cuota. A su edad, ya se debía tener dinero para eso. Aunque no el suficiente como para no pensar en un plan de pensiones.
Era muy joven para pedir ayuda. Demasiado vieja para no darla. No estaba en edad de vestirse como una venerable abuela, pero tampoco podía volver a sus minifaldas que tanto le habían gustado. El recto traje sastre se convirtió en su uniforme. Fue joven al quedarse viuda, pero demasiado vieja para volver a coquetear.
Sus hijos y los amigos de ellos, callaban cuando la veían aparecer. Huían al jardín sí a ella se le ocurría sentarse en el salón. No la invitaban a sus fiestas ni a sus viajes. Ya era vieja para volver a ser madre. Muy joven para ser abuela: sus hijos ni siquiera se lo planteaban. Pero, si había algo que le causaba una profunda angustia, era percibir cierto tonito de condescendencia en su voz, algo así como; «Háblale despacio para que se entere». Igual que se le habla a un abuelo medio sordo o a un turista despistado.
En cambio, cuando se sentaba en un corro de amigos suyos, no hacia más que escuchar de nietos y enfermedades: dos cosas que ella aún no tenía. En pocas ocasiones daba su opinión sobre algún tema, pues invariablemente la interrumpían con un «¡Ay, qué joven eres. Lo que te queda todavía por vivir!», así que aprendió a callarse. Si alguna vez, en el autobús, un joven le cedía el asiento, no tardaba un viejo en plantarse delante de ella para, con mirada lastimera, obligarla a cedérselo a él. En la sala del médico de familia, los niños tenían preferencia por su inquietud, los mayores por sus prisas. A su edad, la de ella, no se consideraba el tiempo. En fin, sin advertirlo, volvió a ser invisible.
A los catorce años, vivía esperando la llegada de la tan ansiada adolescencia. Esa etapa que obliga a ser rebelde para conquistar un espacio propio. Ahora, le tocaba esperar la llegada de la mal llamada «edad madura», para dejarse ver de nuevo.
Lo curioso es que, la primera estaba marcada por la llegada de la primera menstruación. La segunda, se anunciaba con la partida de la última regla.
Un periodo realmente corto, pensó, mientras apuraba el ciclo de treinta minutos en la caminadora, quemando invisibles calorías…
Cocinando…
Una mujer le está friendo unos huevos para el desayuno a su marido, cuando de pronto, éste entra en la cocina y dice:
- ¡Cuidado, cuidado!! ¡Ponle un poco más de aceite, por Dios!! ¡Estás cocinando demasiados al mismo tiempo! ¡Demasiados! ¡Dales la vuelta!! ¡Dales la vuelta ahora!!! ¡Necesitamos más aceite, por Dios! ¡¿Dónde vamos a conseguir más aceite?! ¡Se van a pegar! ¡Cuidado, cuidado, dije cuidadoooo!! ¡Nunca me haces caso cuando cocinas, nunca! ¡Cuidado, dales la vuelta! ¡Rápido!! ¡Estás loca! ¿Perdiste la cabeza? ¡No te olvides de echarles sal! ¡Sabes que siempre te olvidas de la sal, usa la sal, usa la maldita sal!!
La mujer lo mira con asombro:
- ¿Qué coño te pasa? ¿Crees que no puedo freír un par de huevos?
El marido sonríe y contesta calmadamente:
- Sólo quería mostrarte lo que se siente cuando voy conduciendo contigo en el coche.