El Club de las Canciones: La noche

marzo 19th, 2010 by La última Grupi

La noche puede ser tierna y divertida…

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Puede ser misteriosa…

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Puede ser eterna…

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Puede ser amor…

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La sonrisa del lunes: Cu-Cú…

marzo 15th, 2010 by La última Grupi

     :)

  Anoche salí con mis amigas a una «reunión». Le aseguré a mi marido que regresaría a casa a las doce en punto. «Te lo prometo», le dije.

            Pero la reunioncita estuvo muuuuuuy bien: copitas, bailecito, más copitas…y se me fue la hora. Resulta que llegué a casa a las tres la madrugada completamente borracha.

            Justo al entrar en casa, el reloj cantó «cu-cú» tres veces. Al darme cuenta que mi marido se iba a despertar por el ruido, como pude grité «cu-cú» otras 9 veces más …

            ¡¡¡Me quedé tan ancha y satisfecha por haber tenido de pronto, aunque borracha, una idea tan buena para evitar una pelea con mi marido…!!!

            Me acosté de lo más tranquila pensando en lo inteligente y lista que soy.

            Por la mañana, durante el desayuno, mi marido me preguntó por la hora de mi llegada y le contesté que había vuelto a las doce en punto, tal y como le había prometido.

            Él, de momento, no dijo nada ni me pareció desconfiado «¡Qué bien, estoy salvada!» -pensé yo..

            Cuando terminó el café, me dijo:   «Por cierto…debemos cambiar nuestro reloj cucú.» Le pregunté temerosa: «Y eso… ¿por qué, mi amor?»

— Es que anoche el reloj hizo «cu-cú» tres veces… Entonces, no sé cómo, gritó «¡Coño!’… Después, hizo ’cu-cú’ cuatro veces más… Vomitó en el pasillo… Repitió el «cu-cú» otras tres veces… Se retorció de la risa, y, una vez más, sonó el vez «cu-cú»… Luego, salió corriendo, pisó al gato, rompió la mesita de la esquina de la sala, se acostó a mi lado, dando el último «cu-cú», se tiró un pedo y se  puso a roncar.  

;)

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El tercer mundo

marzo 13th, 2010 by La última Grupi

   A propósito de las graves consecuencias de la tormenta de nieve que dejó varias zonas de Barcelona sin suministro eléctrico, amén de otros desastres, los informativos y, en general, los medios de comunicación, se han lanzado a la calle, micrófono en mano, para conocer de propia voz, los testimonios de los afectados.

            Las escenas, en general, son desoladoras. Sobre todo, la de las torres eléctricas dobladas como un mondadientes al final de la comida. Las carreteras llenas de vehículos esperando al paso de una quita nieves o, al menos, de alguna información. Los gimnasios, reinventados en improvisados albergues. Las casas a oscuras.

            Lo más desagradable del corte de luz, es la incertidumbre de no saber cuándo volverá. Entonces, llamas al teléfono de información y una amable voz te dice “es una avería y ya lo estamos arreglando”.  Es mejor no haber llamado. A medida que va pasando el tiempo a oscuras, te vas dando cuenta de la inutilidad de estar vivo sin luz.

            Para empezar, en invierno, la calefacción no funciona sin electricidad y no tienes chimenea. Te da la sensación de que la casa se queda helada enseguida aunque el termostato indique que sigue a 20º.  El teléfono tampoco sirve, pues te compraste un inalámbrico para tu comodidad. No puedes hacerte la cena, ya que al reformar la cocina, pediste una moderna vitrocerámica y, hasta que no inventen el microondas a pilas, no hay nada caliente que se pueda hacer.

            También te preocupa que, justo esa mañana, hiciste la compra de la semana y los congelados se van a estropear. ¿Una ducha? Imposible, no hay caldera. Decides aprovechar el tiempo arreglando tus archivos en el ordenador: ¡joper, sí no hay luz!

            El móvil. Te queda el móvil para llamar a tu vecina. No sabes bien para qué, pero necesitas ruidos, porque el silencio de un apagón se torna muy amenazante. La consabida grabación,  te indica que el teléfono está apagado o fuera de cobertura. Decides ir andando hasta su casa. El timbre no funciona. Esperas un rato para ver si entra o sale alguien. No hay suerte.

            Enfilas hacia el bar, un café para matar el tiempo. Lo siento, sin luz no hay café ni cañas. Un vino, si acaso y con la advertencia de que, como «la cosa va para largo» mejor van a cerrar.

           Pues nada, en la calle, otra vez. Sin remedio, vuelves a casa. Por el camino, recuerdas que hace muchos años la tía Pili te regaló un radio pórtatil pequeñito. «¿Dónde demonios lo habré guardado?» Lo encuentras, pero el tiempo y el no haberle quitado las pilas, lo ha llenado de óxido. Te empeñas en limpiarlo con cuidado y le pones un par de baterías nuevas doble AA.

            — ¡Lo que está sucediendo es tercermundista, es increíble que esté pasando esto…!

            Escuchas la voz crispada de una mujer mayor, supones, quejándose del desastre ocasionado por la imprevisión.

            — ¡Sí…sí… esto es peor que el tercer mundo!, confirma un coro de voces que, supones, rodean al reportero.

            La señal de la radio se pierde. Te quedas pensando. ¿Tercer mundo?… ¿Y el segundo?… ¿En qué universo gravita el primero?…

            No, señora, está usted muy equivocada. En el tercer mundo, ese al que siempre se remiten cuando de desgracias se trata. Ese mundo al que la mayoría sólo conoce por las imágenes de niños famélicos, rodeados de moscas y peligros. Un mundo hecho de casas de cartón en medio de basura y ríos de lodo maloliente. El mundo de tercera, que no tiene agua, ni luz, ni salud, pero al que le sobra mucha hambre. Ese mundo, señora, estaría muy feliz y agradecido de que, un día, dos, tres; veinte horas, incluso, una semana, se viese privado de electricidad porque un temporal de nieve reventase sus torres y no pudiese, en consecuencia,  usar el  teléfono o encender la calefacción. O, que,  su comida congelada, terminara en la basura.

            En ese tercer mundo, al que alegremente se refieren como sinónimo peyorativo (e indeseable)  de la desgracia del estado de bienestar, harían una gran fiesta, iluminada por una cálida  fogata en medio de la calle pobreza y compartirían canto, baile y miseria entre todos los vecinos, por igual.

            Vamos, lo que suelen hacer siempre, a falta de luz…

El Club de las Canciones: El amor

marzo 12th, 2010 by La última Grupi

«…Saben que nunca han de encontrar.

El amor es la prórroga perpetua,

siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

Los amorosos son los insaciables,

los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento…»

(Jaime Sabines, Los Amorosos)

Sin duda el amor es un concepto infinito e inagotable. Materia prima de los poetas, de los mejores pinceles y de grandiosos compositores, entre muchos otros que se ocupan de traducirlo a la comprensión humana. Es tan variado como la propia humanidad.

El primer amor que conocemos, es el materno. Ese que definirá, en lo sucesivo, nuestra capacidad de amar. Porque en el amor, hay que tener capacidad de generarlo, aceptarlo y, sobre todo,  de darlo. Podría parecer fácil la cuestión, pero a través de novelas y grandes óperas, por ejemplo, damos fe de que el amor, como la belleza, son temas tan abstractos como complicados.

Los científicos han querido reducirlo a un mero proceso químico en el que un montón de hormonas yonquis enloquecen por determinada persona y/o situación. A la primera etapa del proceso le llaman “enamoramiento y/o pasión”, la cual, según ellos, tiene una vida corta, de no más de tres años. Luego, en consecuencia, vendría el cariño.

Bien ¿cuál es la diferencia? El estado de locura transitoria, responden.

Me estoy refriendo, por supuesto, al amor carnal entre dos personas. Esas que un día se miran, se rozan y se juntan, creyendo haber encontrado al amor de su vida.

Pero hay un montón de amores más: el amor fraterno; el amor absurdo; el amor platónico; el puro amor; el amor puro; el amor egoísta; el amor solidario; el amor perro y el perro amor; el amor a los semejantes; el amor ciego; el amor pagado; el mal amor; el amor prohibido; el primer amor; amor imposible; amor virtual… el amor … siempre, amor…

¿Puede alguien encontrarme alguien a quién amar?…

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 «Mi amor

No precisa fronteras

Como la primavera

No prefiere jardín…»

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 «…Quiero que me digas, amor

que no todo fue naufragar

por haber creído que amar

era el verbo más bello

dímelo,

me va la vida en ello…»

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A Cristina y a la Bloguería…

marzo 10th, 2010 by La última Grupi

El Amor

La sonrisa del lunes: Ser mujer y no matarlos en el intento…

marzo 8th, 2010 by La última Grupi

1.-  Razones de un hombre para querer ser mujer:

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2.- El gran misterio: El bolso de una mujer.

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3.- ¿Por qué tardas tanto?

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Treinta Minutos

marzo 7th, 2010 by La última Grupi

 

«Ya no soy más que yo para siempre…»

(Idea Vilariño)

 

Mercedes llevaba unos días triste, sin poder encontrar una buena razón para asomar la nariz más allá de la puerta de casa. Al principio, culpó al mal clima: exceso de lluvias, frío y cielos grises. Pero el domingo había salido el sol y tampoco pudo sonreír. Entonces pensó que, quizá, la razón de su desasosiego estaría en su falta de actividad, así que se apuntó a un gimnasio. No es que se sintiera mejor, pero ahí fue donde comprendió la razón de su pesar.

            El primer día, llegó vestida con un viejo pantalón deportivo que solía utilizar para estar en casa. Una camiseta cualquiera y unas zapatillas que de tan viejas y poco usadas, estaban nuevas. El monitor quiso saber cuál  era su objetivo, a lo que ella respondió que no lo tenía claro: «Quizá mantenerme en forma, ya no seré Miss Musculitos». Así que la mandaron a la cinta caminadora por treinta minutos, para empezar.

            Por la colocación de las maquinas, ella podía observar el resto del gimnasio. Distinguió dos grupos claramente: los de su quinta, en las caminadoras, bicicletas, escaladoras y, digamos, ejercicios de bajo impacto, específicos para quemar calorías y mantener el tiempo.  Al otro lado, los jóvenes, los que si querían ser musculitos. Los que se preparaban para mostrar los resultados de su esfuerzo, en cuanto llegase el buen tiempo. Los que, sin miramientos, cargaban barras y pesos imposibles. Entre ellos, las jóvenes, las que endurecían sus glúteos; levantaban sus pechos y pegaban saltos al  enloquecido ritmo del aeróbic.

            Al ver los gastados cuerpos de sus compañeros de caminata, que sobrepasaban, la mayoría los sesenta años y ver los de los chicos, que no sobrepasaban los cuarenta, Mercedes cayó en cuenta de que su problema era, precisamente, ese.

            Se recordó a la edad de doce años. Sus hermanos y sus primos eran más pequeños que ella y no la dejaban compartir sus juegos y secretos, porque ya era «muy mayor». Entonces se acercaba a la mesa de los adultos, que en cuanto notaban su presencia, la mandaban fuera, porque estaban hablando «cosas de mayores». Al final, cada domingo, terminaba sentada, sola,  en el primer escalón que subía a ninguna parte. Quizá de ahí, le viniera su especial aversión al séptimo día de la semana.

            Aquella época, que duró un par de años, fue terrible: no había sitio para ella. Se había convertido en una especie de estorbo para unos y para otros. Aprendió a ser invisible y se construyó un mundo paralelo, lleno de cajas de cartón convertidas en castillos. Quizá de ahí, salió arquitecta.

            Pues bien, ahora, con cincuenta, sentía la misma cosa. Resultaba joven para sus colegas, aunque mayor y respetable para los aprendices.  Para la jubilación o la tarjeta descuento de los museos, aún le faltaban años,  aunque, si fuese el caso, sería demasiado mayor para pedir un nuevo empleo. Las ayudas que se otorgaban, eran destinadas para personas de hasta treinta años o para  las mayores de sesenta y cinco: ella no encajaba en ninguno de los dos baremos. En un banco era considerada una persona de riesgo: demasiado mayor para garantizar el pago de una hipoteca, pero en la edad justa de quedarse sin trabajo. Y qué decir de los seguros de cualquier tipo: el razonamiento era el mismo. A menos, claro, que estuviese dispuesta a pagar el doble por cada cuota. A su edad, ya se debía tener dinero para eso. Aunque no el suficiente como para no pensar en un plan de pensiones.

            Era muy joven para pedir ayuda. Demasiado vieja para no darla.  No estaba en edad de vestirse como una venerable abuela, pero tampoco podía volver a sus minifaldas que tanto le habían gustado. El recto traje sastre se convirtió en su uniforme. Fue joven al quedarse viuda, pero demasiado vieja para volver a coquetear.

            Sus hijos y los amigos de ellos, callaban cuando la veían aparecer. Huían al jardín sí a ella se le ocurría sentarse en el salón. No la invitaban a sus fiestas ni a sus viajes. Ya era vieja para volver a ser madre. Muy joven para ser abuela: sus hijos ni siquiera se lo planteaban. Pero, si había algo que le causaba una profunda angustia, era percibir cierto tonito de condescendencia en su voz, algo así como; «Háblale despacio para que se entere». Igual que se le habla a un abuelo medio sordo o a un turista despistado.

            En cambio, cuando se sentaba en un corro de amigos suyos, no hacia más que escuchar de nietos y enfermedades: dos cosas que ella aún no tenía. En pocas ocasiones daba su opinión sobre algún tema, pues invariablemente la interrumpían con un «¡Ay, qué joven eres. Lo que te queda todavía por vivir!», así que aprendió a callarse. Si alguna vez, en  el autobús, un joven le cedía el asiento, no tardaba un viejo en plantarse delante de ella para, con mirada lastimera, obligarla a cedérselo a él. En la sala del médico de familia, los niños tenían preferencia por su inquietud, los mayores por sus prisas. A su edad, la de ella, no se consideraba el tiempo. En fin, sin advertirlo, volvió a ser invisible.

            A los catorce años, vivía esperando la llegada de la tan ansiada adolescencia. Esa etapa que obliga a ser rebelde para conquistar un espacio propio. Ahora, le tocaba esperar la llegada de la mal llamada «edad madura», para dejarse ver de nuevo.

            Lo curioso es que, la primera estaba marcada por la llegada de la primera menstruación. La segunda, se anunciaba con la partida de la última regla.

            Un periodo realmente corto, pensó, mientras apuraba el ciclo de treinta minutos en la caminadora, quemando invisibles calorías…

La sonrisa del lunes por la noche…

marzo 1st, 2010 by La última Grupi

 

Cocinando…

Una mujer le está friendo unos huevos para el desayuno a su marido, cuando de pronto, éste entra en la cocina y dice:

- ¡Cuidado, cuidado!! ¡Ponle un poco más de aceite, por Dios!! ¡Estás cocinando demasiados al mismo tiempo! ¡Demasiados! ¡Dales la vuelta!! ¡Dales la vuelta ahora!!! ¡Necesitamos más aceite, por Dios! ¡¿Dónde vamos a conseguir más aceite?! ¡Se van a pegar! ¡Cuidado, cuidado, dije cuidadoooo!! ¡Nunca me haces caso cuando cocinas, nunca! ¡Cuidado, dales la vuelta! ¡Rápido!! ¡Estás loca! ¿Perdiste la cabeza? ¡No te olvides de echarles sal! ¡Sabes que siempre te olvidas de la sal, usa la sal, usa la maldita sal!!

La mujer lo mira con asombro:

- ¿Qué coño te pasa? ¿Crees que no puedo freír un par de huevos?

El marido sonríe y contesta calmadamente:

- Sólo quería mostrarte lo que se siente cuando voy conduciendo contigo en el coche.

:)

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La chica pone empeño, sin duda…

Insomnios VII

febrero 25th, 2010 by La última Grupi

Febrero 25, 2010.

 

Hace cinco insomnios que no escribo: no tenía ganas. Cansada de no dormir, no he dormido. Al final, anoche, conseguí soñar un poco. Cuando el insomnio llega, no hay que echarlo, hay que hacerlo amigo. Así, tras cinco noches de duerme vela, ayer, por fin, llegamos a un acuerdo: se acostó sobre la almohada vacía y me dio la espalda.

            El 22 fue tu cumpleaños y el de mi madre, curioso que los dos sean del mismo día. Tú, 57, ella 70. Tú aquí, ella al otro lado del charco. Fue un cumpleaños extraño. Desde que estamos juntos, siempre te he organizado reuniones para celebrarlo. Pero, desde la última que organicé, hace ya tres años, esa que al final tuve que cancelar para convocar a los invitados en el hospital, ya no me atrevo a hacerlo más.

            Cuando se va a acercando la fecha, me invade cierto desasosiego. Recuerdo que el día 20 de febrero de 2007 te acompañé al médico a una visita rutinaria. No había ninguna razón en particular para ir, tan sólo tu analítica anual. Salimos de ahí, quince días después, pero tú ya no eras el mismo: te habían quitado un riñón y te habían emplazado para volver a qué te quitaran más pedazos de tu cuerpo. Te recetaron un kilo de pastillas de colores y se reservaron la sentencia que tú no quisiste escuchar.

            Curiosamente, desde el día 21 de este mes, llevas unos días muy malos. Es como si tu cuerpo recordase tan mal aniversario y no quisiera estar alegre. Trato de animarte. Te han llamado tus hijos. Tu hermano Luis vino a verte. Los amigos te han felicitado, pero no te brillan los ojos. Me tienes preocupada.

            Ese mismo día, recibí un correo de Maggie, mi amigocha del alma desde hace años. Ahora vive en París, felizmente casada con un hombre maravilloso. Me trajo un montón de recuerdos de una época de la vida en que las dos coincidimos y conseguimos salir vivas. Fue nuestra particular “movida”, tardía, pero natural en dos mujeres que, hasta entonces, sólo habían tenido que ir resolviendo la vida. Luego, yo me vine a España y te conocí y me quedé. Tú conociste a Maggie en Madrid. Recuerdo que tu dictamen fue: «Una mujer muy interesante y muy bella» Por aquel entonces ella vivía en Argentina y yo la echaba mucho de menos. Ahora está tan cerca y nosotros tan lejos. Se ha puesto triste cuando le he comentado de lo tuyo: quiere que te abrace y no te suelte. Te has reído cuando te lo he comentado y me has dicho «Pues a ver si le haces caso…»

            Y como los fantasmas nunca vienen solos, también me ha llamado Manolo, mi Manolo. Esa persona que siempre está en mi vida pero, por ello, nunca lo estará del todo. Me ha dado alegría escucharlo y prometernos, una vez más, vernos pronto. Tú me miras y aunque sabes perfectamente quién es, pones ese gesto de disimulo y esbozas tu sonrisa de «No estoy celoso…» Me enterneces…

            Por la madrugada me visita mi pasado, tan lleno de aventuras y de mágicas historias. Hago un recuento de anécdotas y de pasiones. «No hay sarao dónde no haya bailado», me digo. Pienso en todas las personas que me han sido y en los abrazos que he habitado; en los que he amado; los que me han llorado. En daños y facturas por pagar…

            Pienso en Bulevar y en aquel hombre que vestía una camisa muy bonita pero poco discreta, que tras unas gafas rojas, también, poco discretas, fingía leer el periódico mientras interrogaba a Nico, el camarero y amigo, para saber más de aquella mujer sentada enfrente suyo. «Es una amiga que acaba de llegar de México». «¿Y a qué se dedica?» necesitabas más información. «Pues trabajaba con Sabina» contestó y se fue a servir al otro lado de la barra.

            Te acercaste por la espalda y tu hermosa voz, dijo: «Hola, acabo de llegar de la feria del libro de México». Sorprendida,  te miré. «¿Tú quién eres?», respondí con desagrado ¡estabas interrumpiendo un momento crucial de mi charla con Daniela!  «Un extraño, como un pato en el Manzanares», sonreíste, canalla…

            De aquello hace ya ocho cumpleaños… ¡Felicidades!

Segunda propuesta: Luz Artificial

febrero 24th, 2010 by La última Grupi

Lindo sombrero…

Espero que esta si la acepte el jurado…