1.- Razones de un hombre para querer ser mujer:
2.- El gran misterio: El bolso de una mujer.
3.- ¿Por qué tardas tanto?
«Ya no soy más que yo para siempre…»
(Idea Vilariño)
Mercedes llevaba unos días triste, sin poder encontrar una buena razón para asomar la nariz más allá de la puerta de casa. Al principio, culpó al mal clima: exceso de lluvias, frío y cielos grises. Pero el domingo había salido el sol y tampoco pudo sonreír. Entonces pensó que, quizá, la razón de su desasosiego estaría en su falta de actividad, así que se apuntó a un gimnasio. No es que se sintiera mejor, pero ahí fue donde comprendió la razón de su pesar.
El primer día, llegó vestida con un viejo pantalón deportivo que solía utilizar para estar en casa. Una camiseta cualquiera y unas zapatillas que de tan viejas y poco usadas, estaban nuevas. El monitor quiso saber cuál era su objetivo, a lo que ella respondió que no lo tenía claro: «Quizá mantenerme en forma, ya no seré Miss Musculitos». Así que la mandaron a la cinta caminadora por treinta minutos, para empezar.
Por la colocación de las maquinas, ella podía observar el resto del gimnasio. Distinguió dos grupos claramente: los de su quinta, en las caminadoras, bicicletas, escaladoras y, digamos, ejercicios de bajo impacto, específicos para quemar calorías y mantener el tiempo. Al otro lado, los jóvenes, los que si querían ser musculitos. Los que se preparaban para mostrar los resultados de su esfuerzo, en cuanto llegase el buen tiempo. Los que, sin miramientos, cargaban barras y pesos imposibles. Entre ellos, las jóvenes, las que endurecían sus glúteos; levantaban sus pechos y pegaban saltos al enloquecido ritmo del aeróbic.
Al ver los gastados cuerpos de sus compañeros de caminata, que sobrepasaban, la mayoría los sesenta años y ver los de los chicos, que no sobrepasaban los cuarenta, Mercedes cayó en cuenta de que su problema era, precisamente, ese.
Se recordó a la edad de doce años. Sus hermanos y sus primos eran más pequeños que ella y no la dejaban compartir sus juegos y secretos, porque ya era «muy mayor». Entonces se acercaba a la mesa de los adultos, que en cuanto notaban su presencia, la mandaban fuera, porque estaban hablando «cosas de mayores». Al final, cada domingo, terminaba sentada, sola, en el primer escalón que subía a ninguna parte. Quizá de ahí, le viniera su especial aversión al séptimo día de la semana.
Aquella época, que duró un par de años, fue terrible: no había sitio para ella. Se había convertido en una especie de estorbo para unos y para otros. Aprendió a ser invisible y se construyó un mundo paralelo, lleno de cajas de cartón convertidas en castillos. Quizá de ahí, salió arquitecta.
Pues bien, ahora, con cincuenta, sentía la misma cosa. Resultaba joven para sus colegas, aunque mayor y respetable para los aprendices. Para la jubilación o la tarjeta descuento de los museos, aún le faltaban años, aunque, si fuese el caso, sería demasiado mayor para pedir un nuevo empleo. Las ayudas que se otorgaban, eran destinadas para personas de hasta treinta años o para las mayores de sesenta y cinco: ella no encajaba en ninguno de los dos baremos. En un banco era considerada una persona de riesgo: demasiado mayor para garantizar el pago de una hipoteca, pero en la edad justa de quedarse sin trabajo. Y qué decir de los seguros de cualquier tipo: el razonamiento era el mismo. A menos, claro, que estuviese dispuesta a pagar el doble por cada cuota. A su edad, ya se debía tener dinero para eso. Aunque no el suficiente como para no pensar en un plan de pensiones.
Era muy joven para pedir ayuda. Demasiado vieja para no darla. No estaba en edad de vestirse como una venerable abuela, pero tampoco podía volver a sus minifaldas que tanto le habían gustado. El recto traje sastre se convirtió en su uniforme. Fue joven al quedarse viuda, pero demasiado vieja para volver a coquetear.
Sus hijos y los amigos de ellos, callaban cuando la veían aparecer. Huían al jardín sí a ella se le ocurría sentarse en el salón. No la invitaban a sus fiestas ni a sus viajes. Ya era vieja para volver a ser madre. Muy joven para ser abuela: sus hijos ni siquiera se lo planteaban. Pero, si había algo que le causaba una profunda angustia, era percibir cierto tonito de condescendencia en su voz, algo así como; «Háblale despacio para que se entere». Igual que se le habla a un abuelo medio sordo o a un turista despistado.
En cambio, cuando se sentaba en un corro de amigos suyos, no hacia más que escuchar de nietos y enfermedades: dos cosas que ella aún no tenía. En pocas ocasiones daba su opinión sobre algún tema, pues invariablemente la interrumpían con un «¡Ay, qué joven eres. Lo que te queda todavía por vivir!», así que aprendió a callarse. Si alguna vez, en el autobús, un joven le cedía el asiento, no tardaba un viejo en plantarse delante de ella para, con mirada lastimera, obligarla a cedérselo a él. En la sala del médico de familia, los niños tenían preferencia por su inquietud, los mayores por sus prisas. A su edad, la de ella, no se consideraba el tiempo. En fin, sin advertirlo, volvió a ser invisible.
A los catorce años, vivía esperando la llegada de la tan ansiada adolescencia. Esa etapa que obliga a ser rebelde para conquistar un espacio propio. Ahora, le tocaba esperar la llegada de la mal llamada «edad madura», para dejarse ver de nuevo.
Lo curioso es que, la primera estaba marcada por la llegada de la primera menstruación. La segunda, se anunciaba con la partida de la última regla.
Un periodo realmente corto, pensó, mientras apuraba el ciclo de treinta minutos en la caminadora, quemando invisibles calorías…
Cocinando…
Una mujer le está friendo unos huevos para el desayuno a su marido, cuando de pronto, éste entra en la cocina y dice:
- ¡Cuidado, cuidado!! ¡Ponle un poco más de aceite, por Dios!! ¡Estás cocinando demasiados al mismo tiempo! ¡Demasiados! ¡Dales la vuelta!! ¡Dales la vuelta ahora!!! ¡Necesitamos más aceite, por Dios! ¡¿Dónde vamos a conseguir más aceite?! ¡Se van a pegar! ¡Cuidado, cuidado, dije cuidadoooo!! ¡Nunca me haces caso cuando cocinas, nunca! ¡Cuidado, dales la vuelta! ¡Rápido!! ¡Estás loca! ¿Perdiste la cabeza? ¡No te olvides de echarles sal! ¡Sabes que siempre te olvidas de la sal, usa la sal, usa la maldita sal!!
La mujer lo mira con asombro:
- ¿Qué coño te pasa? ¿Crees que no puedo freír un par de huevos?
El marido sonríe y contesta calmadamente:
- Sólo quería mostrarte lo que se siente cuando voy conduciendo contigo en el coche.
Estaban tres amigas en la sala de espera del Aeropuerto, próximas a tomar un avión al otro lado del Atlántico. Se encontraban muy nerviosas pero trataban de darse ánimos entre ellas. De pronto una de ellas dice:
—Pues yo me he puesto las bragas rojas…
—¿Y eso? , le pregunta curiosa una de ellas
—Pues he pensado que, sí se cae el avión, el rojo es el color de la cruz roja y pronto me verían y me rescatarían…
—¡Vaya, bien pensado!, responde la otra, que agrega: Pues yo las traigo de color naranja, el color de salvamento.
—¡Joper, ahora vengo!, dice la tercera, ¡Voy al baño!…
—¿Pero… qué te pasa? Preguntan las otras al unísono.
—Nada, pero me voy a quitar las bragas, porque cuando se cae un avión, lo primero que buscan es la caja negra…
Febrero 20, 2010.
Viernes por la noche. Estoy metida en la cama, en alerta, pues estás muy inquieto.
Al caer la tarde, te ha llamado tu viejo amigo Luis Alberto de Cuenca. «Me gusta hablar de la vida con él», me dijiste. Estuviste largo rato contándome de cuando le conociste y de cómo se fraguó el cariño entre los dos. Del gran respeto que le guardas como poeta e intelectual. Pero, sobre todo, de la inmensa admiración que le profesas como persona. Te imaginé sentado en el bar de la calle Juan Bravo donde, me dices, le viste por primera vez.
Supongo que, exaltado por los recuerdos y la nostalgia, me pediste el número de Don Antonio. «¿De qué Antonio?» te pregunté. «De Gamoneda» me respondiste con cierto fastidio en la voz ¿Cómo no saber que Don Antonio es él? Fue divertido escucharte y deducir lo que pasaba al otro lado de la línea. Al final, habéis quedado para ir a tomar unos vinos al Humedal…
Para cerrar la noche, te llamó Juan José Lanz. Sólo alcancé a escuchar que le decías: «Juanjo, no te pongas sentimental». Luego, dejaste el teléfono y lo único que dijiste fue: «Veinticinco años». Y no volviste a hablar.
Por supuesto, tantas emociones juntas, te agotaron. Te metí en la cama muy pronto, pues estabas especialmente «torpe». Cuando salía de la habitación, me diste un ejemplar de tu libro: «Toma» —¿Para quién es?, te pregunté . «Para ti…»
Me quedé parada. No me esperaba eso. «Para mi Valentina, luz de mis ojos» habías escrito con una minúscula letra y una extraña fecha: 08/02/1012. Así has firmado varios libros: 1012. Me reí y te dije que tenías una errata en la dedicatoria. «Trampas del editor» afirmaste. Te di un par de besos y me fui con mi ejemplar entre las manos. Al poco, me llamaste de nuevo para decirme: «Tú aún no me has dedicado tu libro». Es verdad, no se me había ocurrido.
Me quedé pensando en ello.
Don Manuel Ortuño, padre, me hizo firmarle el primer ejemplar de mi libro. Entonces, nerviosa y abochornada, le pregunté qué era lo que se debía escribir en una dedicatoria. Él, hombre sabio y amable, me aconsejó:«Tú siempre escribe Con amor y la firma, así nunca fallas».
El caso es que, a estas alturas, he firmado algunos libros con más que amor, tratando siempre de dar un toque especial a cada mensaje, que es, al fin y al cabo, lo que la otra persona espera. Pero, en tu caso, querido mío, no puedo escribir con amor, con cariño ni cosas así. Eso te lo trato de dar a cada momento y sin recato. No hay lugares comunes qué dedicarte ni palabras que se ajusten a tres líneas en este libro: es este trozo de vida, mi mejor dedicatoria.
Al final, en un avanzado estado de insomnio me tuve que admitir que en realidad, lo que me impide firmarte el libro es pensar que, en cualquier momento, lo tendría que meter en la maleta de los recuerdos. Mientras lo pueda evitar…
Lo siento, la noche de anoche, no se me ocurrió nada feliz.
Febrero 18, 2010.
Esta vez mi insomnio no tiene nada que ver contigo. Te he apartado por un momento. Me urge una tregua. Aquello de «necesito mi espacio», por primera vez, ha cobrado sentido entre mis sábanas. Siempre me pareció una fantochada de la gente que, como argumento de la ausencia, decía: «necesito mi espacio». ¿Acaso, al nacer, no tenemos per se un espacio? Aquel que registran con nuestro nombre y apellidos y qué va creciendo tanto cómo seamos capaces de hacerlo.
Lo cierto es que, a veces, diluimos tanto ese espacio en los demás que, cuando te quieres dar cuenta, estás de puntilla en un solo pie sobre una invisible línea, como un mal equilibrista.
Estoy leyendo el libro de Irina por segunda vez. «Carta a mi padre» es un desgarrador testimonio escrito por un viejo compañero de juegos de la infancia, aquejado de una cruel y despiadada enfermedad degenerativa y que hoy se ha convertido en una hermosa, valiente y cariñosa mujer. Cada palabra escrita en ese texto, para mi, en lo particular, cobra un montón de recuerdos y de más de una lágrima. Me enoja y me subleva leer por todo lo que ha pasado, sufrido y, sobre todo, sobrevivido.
Uno de mis proyectos a corto plazo será conseguir que Irina venga a España. Quiere «devorarla» según me ha dicho y creo que es importante que su testimonio se conozca. Es una gran activista por los derechos de los discapacitados en México. Cuenta qué, en el edificio donde vive, le han puesto una denuncia por haber construido una rampa para su silla de ruedas. Los vecinos que han construido ventanas, terrazas, muros, puertas ilegales en el mismo sitio, están indignados por que ella puso una rampa para poder acceder a su casa. Es la única vecina en esa situación.
La otra tarde, me animé a llamarla. Lo había pensado hacer hace semanas, pero me decía «no estoy para más dramas» cuando en realidad lo que me alejaba del teléfono era no saber cómo hablar con ella ¿o él y mis recuerdos?. Después de tantos años y tanto mar de distancia, un hilito de voz desconocida me sorprendió:
— ¿Irina?
— Si, ¿quién es?
— Soy yo, Alejandra ¿cómo estás, cariño?
— ¡Chamaca! ¡Qué alegría me das!
Y de pronto, el tiempo no había pasado.
Hace pocos años, cuando lo creía todo perdido, a punto —literalmente— de tirarse al vacío, decidió que, sí estaba dispuesta a morir, ¿por qué no a renacer? Entonces, inició su proceso de transexualidad. Lo comenzó a escondidas, vía internet, y puso su vida en peligro. Por fortuna, encontró un buen médico que la rescató a tiempo y la ha acompañado en todo el proceso. Por supuesto, familia y amigos, le han dado la espalda. No me extraña, resulta más cómodo hacer eso que tratar de aceptar, y respetar, las cosas que no entendemos.
Desde muy pequeña, siempre escuché en casa que Rodolfito se moriría a los diez años o a los quince o a los veinte. Y, en efecto, el cascarón de Rodolfito murió hace poco tiempo para dejar nacer a una mujer que, por fin, mira al mundo de frente, sin rabia, con buenos ojos. Y que, en esencia, no ha dejado de ser la misma persona de siempre: revolucionaria y comprometida con la lucha por los derechos de los demás. Aún le recuerdo en su silla de ruedas, boina al estilo del Ché, bajo el sol del jardín de Coyoacán, cada fin de semana de muchos años, con su comité «Solidaridad con Cuba», recolectando dinero para enviar petróleo a la isla. Consiguieron mandar varios barcos de combustible y de ayuda para el pueblo cubano.
Pero, claro, los revolucionarios, los rojos, los comunistas, los progres, los que se supone, luchan por el bienestar de los demás —entre ellos, su padre, mi padrino— no han querido entender que su legítima revolución personal ha triunfado y que, hoy por hoy, Irina es una mujer feliz, a pesar de que la enfermedad le va ganando terreno y la ceguera apenas la deja leer.
Pienso en lo que habrá luchado para que, en un país como el mío, México, dónde se sigue considerando a los homosexuales «enfermos y degenerados», dónde aún los matan en la calle por serlo, dónde un transexual es «una loca vestida» Irina ha conseguido que, legalmente, se reconozca su nuevo nombre y sexo. Ya no más explicaciones a miradas mordaces. «¡Ya me han dado mis papeles!… ¡Es el triunfo!»… A modo de despedida, besos y promesas de un cercano (re)encuentro en la puerta de Alcalá.
Esta historia, bien merece más de un insomnio. Va por ti, mi querida Irina.